El sol de medio día debió estar sobre las nubes blancas que anunciaban una lluvia ligera. Ella debió estar parada observando el horizonte delimitado por un cuerpo acuífero sin denominación exacta. El prado a sus espaldas relucía en un rerde digno del verano. Tenía la misma postura de siempre, la espalda erguida, las piernas ligeramente abiertas y las manos en las bolsas del pantalón. Raro en ella, traía el pelo largo, oscuro, recogido debajo de una gorra. Se pasó la mano por la nuca desnuda, movió la cabeza a un lado y al otro. Su figura era esbelta, alta y elegante. Vestía un traje café de tres piezas y una camisa blanca. La tela pesada delineaba su contorno como si lo recortara en el azul del agua y el cielo. Esperaba. Suspiró sin darse cuenta, sin decir nada.
La inercia la hizo voltear. Sus grandes ojos cafés se posaron en una silueta que caminaba desde el otro lado del horizonte hacia ella. Gritó su nombre y ella le sonrió como si pudiera verla. Levantó la mano y saludó en el aire por encima de su cabeza. La figura tomó forma, era otra mujer, vestida de algún color claro que ella aún no podía diferenciar debido a la distancia. Metió la mano en la bolsa del pantalón de nuevo y avanzó a pasos grandes. Ella llegó corriendo con el vestido claro ondeando entre el viento y el movimiento. Se abrazaron. Sus dedos largos se torcieron entre los cabellos rubios de la recién llegada que la miraba con la vista clavada en sus labios. No se atrevió a besarla aún.
- ¿De dónde vienes? - Le preguntó rozando su boca con los labios.
- De la ciudad. - Respondió ella. - Isabella, debiste venir conmigo, las flores, las guirnaldas... debiste verlo.
- Iré otro día, te lo prometo. - Paseó su mano por el rostro de la rubia mientras le sonría con una picardía que no podía evitar teniéndola tan cerca.
- Bueno, me la debes, entonces. Irás conmigo la próxima semana. - Isabella no respondió. - No importa realmente.
- ¿Compraste algo interesante?
- Sí, un libro, no lo vas a creer, ¡es fantástico! Estoy segura de que te va a gustar. Dicen que al final no pasa gran cosa, pero la prosa, Isa, la prosa, es maravillosa. Lo escribió una mujer, inglesa, creo yo. Lo verás cuando volvamos a casa, lo dejé ahí. - Ella se había desprendido del abrazo para gesticular cómodamente en favor de aquella novela que la había fascinado.
- ¿Me lo prestarás después de leerlo Gina?
- Claro que sí. Seguramente lo terminaré pronto.
- Quizá te tardes más de lo que piensas. - La besó. Gina se colgó del cuello de Isa, ella la detuvo por la cintura y dejaron que se les fueran los minutos en un beso.
- Tengo hambre, creo que deberíamos volver. - Gija tomó su mano y caminaron de vuelta a casa, del otro lado del prado.
(Una historia inconclusa de un sueño lejano.)

